27 ene. 2011

Por alusiones, ¡desnúdese!

Estoy solo, en el margen, a un lado del camino, esperando para ver si alguien, espontáneamente, me recoge, o si me sumo a alguna caravana que me lleve a algún sitio. No sé a dónde, pero, créeme, quiero ir. Quiero ser parte del movimiento, generándolo o aprovechándome de él. La quietud está bien para las lechuzas, para los pintores domingueros de paisajes, para quien la quiera. Yo quiero moverme al compás de la vida. Embestirla y forzar variaciones en su tempo, sorprenderte y verte reír.
Es un combate a largo plazo. Y estos son los asaltos más penosos. Me siento, a ratos, noqueado, un tanto sonado y no veo claro el horizonte, aun cuando éste se despeja, ciertamente, pero siempre, como cuando nace un día espléndido, tiene que aparecer algún gilipollas para joderlo. Que no puedo esperar. ¿Que qué me sucede? Pues que mi espíritu venturero suspira por un paseo sin certezas por la foresta salvaje de tus caderas. Que me gustaría, por decirlo en palabras llanas y sencillas, follarte sin cuartel.

3 comentarios:

  1. Yo no desdeño a las lechuzas, para mí siempre están asociadas a Atenea, la sabiduría y, en plan egocéntrico total, me recuerdan a alguien y su exlibris.
    Durante un breve párrafo he creido que era la vida lo que usted deseaba embestir, pero en cualquier caso le deseo que haya suerte, y si la hay, que haya fuerzas para cubrir la apuesta.

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  2. Bueno, no deseches esa interpretación. Al fin y al cabo, ¿soy yo acaso el guardián de mis palabras? Yo tampoco desdeño a las lechuzas, solo digo que la quietud está bien para ellas y, menos que a nadie, debo desdeñarte a ti, a quien, oh dulce princesa verde y redonda, adoro -también- sin cuartel. Y eso que lo que sí detesto, de siempre, son los guisantes.
    Pero tú, oh tú...

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  3. ¡Ay las esperas! ¡Qué malas son!... Aunque sin embargo, ya sabes, no siempre es así.

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