26 jul. 2010

El cuento de la eterna juventud.

Por extraño que parezca, el mundo es cada vez más lelo. No el mundo, sino las personas que lo habitan, en general. Según crece el nivel de alfabetización universalmente y el acceso a la cultura se globaliza y facilita, las personas son día tras día, más borricas.
Hay cientos de miles de ejemplos, pero quiero centrarme en una bobada que, sin explicarme porqué, se ha hecho universal y la aceptamos ya porque sí. Es la cosa de la edad. 
En mi círculo más próximo, tengo familiares que este año -2010- cumplen 10, 20, 30, 40 y 50 años.
Los más jóvenes cumplen sin problemas, pero a partir de los 30 empiezan los dramas.
Me gustaría que alguien me explicara qué es lo que tiene de malo cumplir años. Porqué todo el mundo intenta, patéticamente, "mantenerse joven".
Digo patéticamente, porque es tan absurdo intentar eso como intentar, no sé... que hoy siga siendo ayer, o que los años 80 no terminen nunca, ni siquiera cuando llega el año 1990. ¿Por qué quieren torturarnos así?
Digo patéticamente porque nada hay tan bochornoso para un espectador como el intento desesperado de parecer lo que no se es; un intento que no se corona, porque es imposible, con el éxito. Es como cuando alguien que no tiene gracia (los monologuistas, por poner un ejemplo) intenta ser gracioso. Dan pena, ¿verdad?
Digo patéticamente porque cualquiera que se fije en sí mismo, por tonto que sea, apreciará que la estupidez (que es universal, y lo que nos diferencia entre unos y otros es sólo una cuestión de grado) se cura con el paso del tiempo. Y que hasta al más idiota de los seres que habitan la Tierra, el paso del tiempo le ayuda a ser un poco mejor.
Vista en perspectiva, la juventud tiene cosas buenas, claro, pero casi todas son producto de la ignorancia. El hecho de buscar nuevas sensaciones o de encontrar excitante lo desconocido... es sólo que no sabemos un montón de cosas, por eso es tan guay todo, porque no sabemos nada. 
Sinceramente, pienso que lo único bueno que tiene la juventud es el vigor físico. En distinta medida y con distinto interés, casi todo el mundo procura (o le gustaría) mantenerlo, pero mantenerse fuerte no es mantenerse joven, es mantenerse fuerte. Yo encuentro muy respetable que la gente quiera ser ágil (yo mismo quiero serlo) y estar sano, pero no sé porqué se llama a eso "mantenerse joven".
Otra majadería universal consiste en decir que, en realidad, "lo importante es cómo te sientes por dentro, tu espíritu". Muchos insisten, con gran cabezonería, en decir alegremente que uno "es joven si se siente joven" y, en el colmo de la bobería, algunos hablan de "que nunca muera el niño que llevamos dentro". Se supone que es bueno eso porque así siempre mantendremos la ilusión... como si la ilusión y las ganas de divertirse se te acabaran si te consideras adulto.
Yo soy feliz de ir a cumplir 46 años y estoy deseando llegar a los sesenta y mantener la cabeza desintoxicada de lugares comunes e ideas preconcebidas. No tuve crisis de los cuarenta ni la tendré de los cincuenta. La edad me ha librado de cosas tan nocivas para la inteligencia como la religión y la ideología y me ha dado el placer incomparable de pensar por mí mismo y tener ideas. Es cierto que muchas veces me equivoco, casi tanto como cuando era joven, pero ahora cometo mis propios errores.
Me pregunto cuándo empezamos a ser tan insustanciales como para que se instalara en nuestras cabezas la mema idea de que es mejor ser  fuerte e ignorante, que viejo y sabio. Cuándo nos dejamos atrapar por la tontería de la eterna (e imposible) juventud. Cuándo perdimos el criterio y si lo recuperaremos alguna vez.
Me voy a dar un paseo en bici, a ver si me mantengo joven...

22 jul. 2010

Un blues para disimular (el acabóse)

(2/3, coro y solo)


- ¿Qué… -dijo ella un poco retadora, un mucho segura de lo inofensivo que, en realidad, era él- qué vas a tocar ahora? ¿Hay alguna otra sorpresa? ¿Vas a cantarme otra cancioncita?
- ¿Cómo…? No era para ti – mintió él descarada y fatalmente.
Porque ella sabía, y él sabía que ella no se chupaba el dedo, lo que allí estaba pasando. En la cabeza de un hombre que escribe canciones la importancia de las cosas es caprichosa; sucesos nimios se convierten en dramas imperdonablemente cursis e insoportables y, sin embargo, los hechos importantes son ignorados con mema contumacia. No es que no se conviertan en los protas de las canciones, es que en la cabeza del compositor pasan como la brisa inocente, sin dejar huella.
Él, así, olvidaba todas las veces en que ella sí le hizo caso. Todas las veces en que le hizo ver que sí que era especial, todas las veces que ella calló sus malas acciones por no ponerle en evidencia. Todos los secretos que compartió con él, o las veces en que él fue el primero en saber algunas cosas. El problema es que ella… no había accedido a acostarse con él. Qué antiguo, ¿verdad?
Ella le mira desdeñosa.
- ¿Que no era para mí…? ¡Já…! – y salió del camerino.
Ella fuma. Fuma un huevo, así que él sospecha –y acierta- que ella ha salido a la calle a fumarse un truja, porque es lo que hace cuando quiere fumárselo dejando claro que es un paréntesis de curro. Al dueño del Clavo Ardiendo no le gusta que las camareras fumen en el bar.
Aspira el pitillo en el callejón frío y oscuro con un suspiro de alivio. Le alivia no estar poniendo copas, no estar protegiéndose de las miradas de los tíos, no percibir del desdén de las tías, no oír las canciones de él. Le gusta la soledad del callejón, destacar en la monotonía de la pared nocturna, como a los guitarristas pelmazos les gusta destacar en la monotonía machacona del acompañamiento del blues. Al final de la calle, entre la niebla, surge un hombre elegante, con un traje oscuro y un abrigo gris que, sospecha ella, cuesta su sueldo de dos meses, y se acerca con un pitillo sin encender entre los labios
- ¡Aleluya! – dice, y parece muy simpático - ¡Todavía alguien que fuma en esta ciudad! – su sonrisa es franca, abierta, hermosa- ¿le importaría darme fuego…? – y se acerca a ella ágil y dinámico y el viento levanta un poco las faldas de su abrigo y cualquiera diría, tan apuesto, simpático y resuelto, que se trata de un elegante y moderno supermán.


(3/3 puente, coros finales y fade out)


En el Clavo Ardiendo la cosa, disculpad la pobreza léxica, está que arde. Los Cojón de Pato han empezado a toda tralla y la gente, encendida, ha empezado a bailar. Él piensa que ella debería ver esto, y que él debería sentirse siempre así, fuerte y poderoso, comprobando que la gente le quiere, que bailan al son que él toca, y no sentirse poca cosa y no cuando a ella, por ejemplo, no se le ocurre espontáneamente (si hay que pedirlo, la cosa pierde gracia) hacerle una manolilla con los pies.
Sigue tocando y cantando y la gente bailando, y empieza a sentirse con ganas de hacer algo con ella, como lo de la manolilla, por ejemplo, pero piensa que, tal vez, ella no se lo hace porque no sabe lo que a él le molan sus pies. Tal vez no sea una mala idea pedírselo, sin esperar a que a ella se le ocurra. Tal vez lo haga.
Quizá, al hacerlo, al decidirse por fin a hacerlo, ella sonría y le diga que caray, ella estaba deseando hacérselo, pero no se había atrevido a pedirlo. Como aquella vez que descubrió que a su madre, en realidad, no le gustaba más el tocino que la carne roja del jamón, pero le gustaba verle comer y ella, en fin… a lo mejor no es descabellado pensar que ella sueña con descalzarse y hacérselo con los pies. Probablemente sea el sueño de casi todas las mujeres. Él es un hombre atractivo y las mujeres deben pensar en su polla muchas veces, con toda seguridad.
Al terminar el concierto, en el camerino, se acerca el dueño del Clavo Ardiendo, como siempre, a pagar los 500 pavos de todos los martes, pero esta vez, a pesar de que todo ha ido genial, tiene una cara de mosqueo enorme.
- ¿Qué le has dicho, eh, cabronazo, se puede saber qué coño le has hecho…?
Al parecer, ella no ha vuelto a poner copas después del descanso y el dueño le culpa a él, porque la vio entrar en el camerino con su PepsiMax y largarse después. Él trata de defenderse, sin demasiado interés, tampoco, porque el dueño del bar se la sopla, diciendo que no le dijo nada, y deja que el tipo se vaya maldiciendo.
Al salir, por la puerta de atrás, da un último trago a su lata de Pepsi y al acercarse al contenedor de basura y levantar la tapa para tirar la lata, le llama la atención un pie desnudo que asoma por entre los sacos negros de basura. La piel de ese pie, su color, su temperatura visual, bastan para convencerle de que ella está muerta. Ella está muerta. Él no sabe nada del hombre elegante, de cómo se abalanzó sobre ella mientras buscaba el mechero en su bolso, le rompió el cuello, le arrancó los labios muertos a mordiscos y luego la escondió en el contenedor. Él no sabe nada, así que, su cabeza perturbada de hacedor de canciones, sólo le da para reaccionar de la forma más decepcionante, como las canciones que no tienen final y, simplemente repiten una frase y dejan que el volumen vaya bajando: se metió en el contenedor, y sin mirar su rostro destrozado, besó el pie de la muerta, se lo puso entre las piernas, se masturbó y, enfadado con ella por no hacer nada y dejarle a él hacer todo el trabajo, como venganza, para fastidiarla, le cambió la letra al blues.

21 jul. 2010

Un blues para disimular

(1/3, intro y riff)
Por si ella no era del todo consciente, que yo creo que sí, él escribió un blues para disimular. Lo cantó esa noche en el Clavo Ardiendo, el bar donde los Cojón de Pato tocaban todos los martes, el bar donde ella, Física de carrera, trabajaba, qué remedio, como camarera.
Él no la odiaba, pero le hacía ver así que no le perdonaba que ella no se dejara querer un poco más, como él hacía con ella. Que no le hiciera ver de vez en cuando que le consideraba especial, como ella lo era para él. Que no se dejara acariciar a escondidas debajo de la mesa, cuando él lograba, después de unas complicadísimas maniobras de acercamiento, sentarse a su lado.
En fin, esa noche, se lo cantó.

Ella escuchó el blues como hacía otras cosas, sin demostrar demasiado interés. Con la misma indiferencia con que se ponía, a veces, esos escotes vertiginosos donde sabía que él se perdía porque la deseaba locamente.
A partir de ahí, como en los buenos blues, los movimientos fueron los esperados: riff, resolución y remate de estrofas con las paradas previstas y las intensidades crecientes. Ella le llevó al camerino su PepsiMax y él intentó acariciarla disimuladamente mientras la saludaba con más efusividad de la que la ocasión requería. Ella, como siempre, se las apañó para quitárselo de encima con elegancia, sin herirle, y él quedó frustrado una vez más, como al final de la estrofa de cualquier blues.
Pero lo que ella no sabía es que esa sería la última vez.
Afiló su guitarra. Porque antes de que acabara el solo, ella iba a morir.

(continuará)

20 jul. 2010

El cuento que buscaba escritor y acabó de subsecretaria

Y nada, que no lo encontraba. Los escritores, a menudo idiotas, rechazaban una y otra vez este cuento, pero es que el cuento, como comprobaréis en seguida, era malísimo.
Deprimióse el cuento, pues, y pidió consejo al ministerio de cultura, pero su instancia no llegó demasiado lejos, pues "cuento" sonaba a viejuno y franquista y conservador, así que el cuento se hizo microrrelato y se operó las pelotas (quitándoselas), se quitó también todo lo que le venía de antaño (la educación, la cultura, la imaginación no culposa, la experiencia y la sabiduría), se puso dos hermosas aldabas y una reveladora "a" final. Microrrelata, mucho más progresista y plural que cuento, dónde va a parar, subió como la espuma por las oficinas del ministerio de cultura y llegó al despacho más alto; la ministra, alucinada por el maravilloso producto que tenía entre manos, quiso publicarlo, perdón, publicarla, enseguida. Pero de tanto que se había quitado, ya no le quedaba nada de literario, era sólo una mierda iletrada pero con el aspecto inmejorable que tiene una subsecretaria general de loquesea con el armario lleno y la cabeza vacía. Un alma gemela, dijo la ministra.
Y fue así que el otrora cuento y ahora microrrelata acabó de subsecretaria de nuevas inciciativas, una subsecretaría transversal, pues se surtía de fondos de los ministerios de cultura y del de idiotez.