22 jul. 2010

Un blues para disimular (el acabóse)

(2/3, coro y solo)


- ¿Qué… -dijo ella un poco retadora, un mucho segura de lo inofensivo que, en realidad, era él- qué vas a tocar ahora? ¿Hay alguna otra sorpresa? ¿Vas a cantarme otra cancioncita?
- ¿Cómo…? No era para ti – mintió él descarada y fatalmente.
Porque ella sabía, y él sabía que ella no se chupaba el dedo, lo que allí estaba pasando. En la cabeza de un hombre que escribe canciones la importancia de las cosas es caprichosa; sucesos nimios se convierten en dramas imperdonablemente cursis e insoportables y, sin embargo, los hechos importantes son ignorados con mema contumacia. No es que no se conviertan en los protas de las canciones, es que en la cabeza del compositor pasan como la brisa inocente, sin dejar huella.
Él, así, olvidaba todas las veces en que ella sí le hizo caso. Todas las veces en que le hizo ver que sí que era especial, todas las veces que ella calló sus malas acciones por no ponerle en evidencia. Todos los secretos que compartió con él, o las veces en que él fue el primero en saber algunas cosas. El problema es que ella… no había accedido a acostarse con él. Qué antiguo, ¿verdad?
Ella le mira desdeñosa.
- ¿Que no era para mí…? ¡Já…! – y salió del camerino.
Ella fuma. Fuma un huevo, así que él sospecha –y acierta- que ella ha salido a la calle a fumarse un truja, porque es lo que hace cuando quiere fumárselo dejando claro que es un paréntesis de curro. Al dueño del Clavo Ardiendo no le gusta que las camareras fumen en el bar.
Aspira el pitillo en el callejón frío y oscuro con un suspiro de alivio. Le alivia no estar poniendo copas, no estar protegiéndose de las miradas de los tíos, no percibir del desdén de las tías, no oír las canciones de él. Le gusta la soledad del callejón, destacar en la monotonía de la pared nocturna, como a los guitarristas pelmazos les gusta destacar en la monotonía machacona del acompañamiento del blues. Al final de la calle, entre la niebla, surge un hombre elegante, con un traje oscuro y un abrigo gris que, sospecha ella, cuesta su sueldo de dos meses, y se acerca con un pitillo sin encender entre los labios
- ¡Aleluya! – dice, y parece muy simpático - ¡Todavía alguien que fuma en esta ciudad! – su sonrisa es franca, abierta, hermosa- ¿le importaría darme fuego…? – y se acerca a ella ágil y dinámico y el viento levanta un poco las faldas de su abrigo y cualquiera diría, tan apuesto, simpático y resuelto, que se trata de un elegante y moderno supermán.


(3/3 puente, coros finales y fade out)


En el Clavo Ardiendo la cosa, disculpad la pobreza léxica, está que arde. Los Cojón de Pato han empezado a toda tralla y la gente, encendida, ha empezado a bailar. Él piensa que ella debería ver esto, y que él debería sentirse siempre así, fuerte y poderoso, comprobando que la gente le quiere, que bailan al son que él toca, y no sentirse poca cosa y no cuando a ella, por ejemplo, no se le ocurre espontáneamente (si hay que pedirlo, la cosa pierde gracia) hacerle una manolilla con los pies.
Sigue tocando y cantando y la gente bailando, y empieza a sentirse con ganas de hacer algo con ella, como lo de la manolilla, por ejemplo, pero piensa que, tal vez, ella no se lo hace porque no sabe lo que a él le molan sus pies. Tal vez no sea una mala idea pedírselo, sin esperar a que a ella se le ocurra. Tal vez lo haga.
Quizá, al hacerlo, al decidirse por fin a hacerlo, ella sonría y le diga que caray, ella estaba deseando hacérselo, pero no se había atrevido a pedirlo. Como aquella vez que descubrió que a su madre, en realidad, no le gustaba más el tocino que la carne roja del jamón, pero le gustaba verle comer y ella, en fin… a lo mejor no es descabellado pensar que ella sueña con descalzarse y hacérselo con los pies. Probablemente sea el sueño de casi todas las mujeres. Él es un hombre atractivo y las mujeres deben pensar en su polla muchas veces, con toda seguridad.
Al terminar el concierto, en el camerino, se acerca el dueño del Clavo Ardiendo, como siempre, a pagar los 500 pavos de todos los martes, pero esta vez, a pesar de que todo ha ido genial, tiene una cara de mosqueo enorme.
- ¿Qué le has dicho, eh, cabronazo, se puede saber qué coño le has hecho…?
Al parecer, ella no ha vuelto a poner copas después del descanso y el dueño le culpa a él, porque la vio entrar en el camerino con su PepsiMax y largarse después. Él trata de defenderse, sin demasiado interés, tampoco, porque el dueño del bar se la sopla, diciendo que no le dijo nada, y deja que el tipo se vaya maldiciendo.
Al salir, por la puerta de atrás, da un último trago a su lata de Pepsi y al acercarse al contenedor de basura y levantar la tapa para tirar la lata, le llama la atención un pie desnudo que asoma por entre los sacos negros de basura. La piel de ese pie, su color, su temperatura visual, bastan para convencerle de que ella está muerta. Ella está muerta. Él no sabe nada del hombre elegante, de cómo se abalanzó sobre ella mientras buscaba el mechero en su bolso, le rompió el cuello, le arrancó los labios muertos a mordiscos y luego la escondió en el contenedor. Él no sabe nada, así que, su cabeza perturbada de hacedor de canciones, sólo le da para reaccionar de la forma más decepcionante, como las canciones que no tienen final y, simplemente repiten una frase y dejan que el volumen vaya bajando: se metió en el contenedor, y sin mirar su rostro destrozado, besó el pie de la muerta, se lo puso entre las piernas, se masturbó y, enfadado con ella por no hacer nada y dejarle a él hacer todo el trabajo, como venganza, para fastidiarla, le cambió la letra al blues.

7 comentarios:

  1. Ella no supo apreciar la importancia de que te dediquen algo original, y yo creo que tiene mucho valor. Es más, creo que el máximo nivel de cutrería lo tiene quien dedica los mismos poemas o las mismas canciones a sus ligues sucesivos, devaluando sus creaciones.
    Lo de los pies no creo que se le ocurra a nadie espontáneamente, tiene que haber entrenado antes o ser manca (así habrá entrenado a la fuerza), porque si no, lo lógico, es intentar ser precisa. Además, necesita más espacio.
    Me ha ido gustando mucho hasta el final, que lo he leído con la nariz arrugada y todavía estoy así, como delante del contenedor, pero ya me conoces, me sale lo del guisante.

    Ah, eso sí, he podido escuchar la canción y me ha gustado mucho :)

    ResponderEliminar
  2. Tú es que vales un potosí, y claro, cuando uno vale, y se conoce, aprecia lo que tiene valor. De acuerdo en tu apreciación sobre las dedicatorias cutres.
    ¿Qué es lo que no te ha gustado del final? A mí me ha molado.
    Y me ha molado, lo que más, que te guste la canción. Insisto, hay que ver lo que vales, monina...

    ResponderEliminar
  3. Es que es sucio, por eso lo he leído con la nariz arrugada. Si fuese una película, hubiera cerrado los ojos. Apúntalo en mi debe, hay cosas que aguanto mal, por eso sólo me gustan los crímenes limpios, tipo Agatha Christie.

    ResponderEliminar
  4. ... o las pelis de Bud Spencer y Terence Hill, en las que había cantidad de guantazos, pero ni una gota de sangre.


    Sobre tu comentario anterior, Guiss, la cosa esa de hacer cosas con los pies, no quiero dejarlo pasar, una vez metí la pata con esas cosas desdichadas de la vida.
    Estábamos preparando una felicitación de Navidad y propusimos a un cliente que encargara las ilustraciones a una asociación de discpacitados, que ofrecía cuadros pintados por asociados suyos, con los pies.
    En la agencia, yo soy un bocazas y ahorrador, empecé a llamar a la asociación de discapa... etc., con el cariñoso nombre de "Pinreles", en plan, "y cuando al tío le enseñemos los bocetos, hay que hacer hincapié en que las ilustraciones son de Pinreles... "
    Llegó el día de presentarle el trabajo al cliente y yo, para relajar la cosa, dije eso; exactamente, dije: "Y no veas cómo pinta el cabrón del Pinreles"
    Resultó que el tipo tenía un sobrino, creo, en esa misma asociación. Fue tristísimo.

    ResponderEliminar
  5. No, no, esas pelis tampoco. En realidad, muy pocas pelis.

    Efectivamente, es un episodio de los de tierra trágame. A mí lo de hacer cosas con los pies me impresiona mucho, porque en realidad yo soy tan torpe que uso solo una mano. Tuve un profesor de eclesiástico del Estado (vulgo canónico) que el hombre no tenía brazos, ni siquiera muñoncitos o muy pequeños. No sé si llegué a saber su nombre, porque con la sensibilidad propia de la edad y del grupo, sólo nos referíamos a él como "el pulpo". También teníamos uno de penal con muletas, obviamente "el gacela". Mala sombra teníamos toda, pero ingenio poco, la verdad.

    Volviendo a los pies, yo soy muy clásica y siempre prefiero otras partes, no soy nada fetichista con ellos ni me hacen ninguna ilusión. De hecho, creo que sólo repararía en ellos si fuesen enfundados en calcetines y para terminar la historia.

    ResponderEliminar
  6. Vuelves a los finales sorprendetes. Aún más que por estar muerta, por que no sea el cantante el asesino...

    Repito que es la mejor canción que te he escuchado... Por todo. Por cada una de sus partes por separado. El mejor ritmo, la mejor voz, la mejor letra, el mejor riff, el mejor montaje... Si supiese de música seguro que la paja birmana te la hacía yo jajajaja

    ResponderEliminar
  7. Dinero hubiera dado, Guiss, por irme de francachela con el Pulpo y el Gacela, bien lo sabe Gregory Peck. Yo pensaba que tampoco me hacían ilu los pies, pero hace años conocí a alguien cuyos piececitos, no sé, me turban especialmente, y en verano, que están como al airecillo, caray, digamos que impulsan mis pensamientos menos límpidos. Diríase que soy fetichista de sus pies.

    Y porque no se puede ser más perverso, linmer: mira que cambiarle la letra al blues... ¿No tienes entre tus conocidos a nadie con acceso a la industria musical? Hazme una campañita, hombre, y te perdono lo de la birmana (no sabía que ése fuera su nombre).

    ResponderEliminar

Usted dirá...