15 nov. 2010

La vida, la vida


La verdad es que uno siempre acaba siendo sorprendido por la vida. Bueno, no sé si eso le ocurre a todo el mundo, pero os aseguro que me ocurre a mí. Este año está siendo el más extraño de todos cuantos llevo vividos, y los cambios que estoy experimentando son realmente algo extraño y difícil de procesar.
Cuando empezó el año tenía, para empezar, 126,8 kg. encima, lo cual me hizo empezar a temer por mi salud seriamente. Dado que, quien me conozca lo sabe, eso era para mí una fuente inagotable de conflicto interior. Aparte de sentirme realmente incómodo con las proporciones que mi cuerpo, ya en franca expansión, empezaba a adquirir, de notar algunos síntomas preocupantes (ahogo, falta de flexibilidad básica –para ponerme los calcetines, no para hacer contorsionismo-, dolor de articulaciones), de empezar a no tener ropa en la que meterme (sólo me servían ya las Tallas Especiales) y de no reconocer al tipo que veía en el espejo, mi autoestima se desarrollaba en proporción inversa a mis proporciones: empezaba a despreciarme. Y, además, suponía que, como a mí, a todo el mundo le pasaba lo mismo: no se trata de que la gente se desprecie por lo que tienen para sí de odiosos, sino de que me despreciara a mí por gordinflón. No es que viva pendiente de lo que los demás piensan de mí, pero empezaba a afectarme –seriamente- la sensación de que el mundo en general, y mi círculo afectivo, en particular, me despreciaba.
A través de mi queridísima amiga Alicia, me puse en contacto con Carlos, un coach recién estrenado en las lides del coaching, que me hizo empezar a ver el asunto desde otro prisma y me ayudó, de forma eficaz y definitiva, sin regímenes alimenticios, con mi problema de excesivo sobrepeso. Ahora, aunque me siguen sobrando una docena larga de kilos, he perdido ya 25 y me encuentro –física y mentalmente- mucho mejor. Esta pérdida de peso –y de tamaño, pon 25 kg de chuletas juntas y verás lo que ocupan: eso es lo que yo he perdido- ha sido el primer gran cambio de este año… y creo que el único que puedo decir que ha sido, netamente, a mejor.
Mis relaciones, mi relación con mis semejantes, con mi círculo afectivo más cercano, y con el mundo, en general, también han dado un cambio radical. Al empezar el año, además del trabajo, lo que más tiempo me llevaba era la gestión del correo personal, los blogs, las charletas… y el 90% de todo aquello era con perfectos desconocidos. Escribía un post, un relato, un articulito un loquesea, y esperaba impaciente al día siguiente a ver cuánta gente lo había leído (y valorado), y al mismo tiempo, leía (y valoraba) yo lo que ellos escribían en sus webs. Tenía montada una especie de “vida on-line” que, de repente, un día, encontré vacía. Completamente vacía.
Además, la relación que empezaba a tener con los miembros de mi grupo, Los Ciclones,  nuestra cita semanal para ensayar, empezaba a ser, más, un lastre que un alivio. Como quiera que cualquiera que me conozca sabe lo importante que es mi música en mi vida, el hecho de que Los Ciclones, mi banda, lo que yo pensaba que era el lugar ideal para expresarme y enriquecerme, empezó a convertirse en una pesada carga y en un grifo abierto de mal rollo, amargura y profunda decepción.
Entonces, tomé una decisión… o debería decir que la decisión me tomó a mí, porque no recuerdo el momento exacto en el que la cosa se puso en marcha. Resolví abandonar mi grupo y abandonar esa especie de plaza pública, de bar de citas en el que había convertido mi blog, Las Peroratas de Wolffo, que era, sin exagerar mucho, quizá el centro de mi vida social. Mi intención era, en principio, dejar lo virtual, olvidar estas relaciones no tangibles (pero reales, creedme) y volcarme en la familia y los amigos más cercanos.  En cuanto a mi grupo, mi problema era fundamentalmente con un miembro de la banda y les planteé a los otros tres que YO dejaba el grupo por su causa, en la esperanza, secreta, lejana, de que ellos no quisieran hacerlo, de que planteáramos seguir adelante sin él. Pero ellos no quisieron, siquiera, plantear tal opción, quizá porque mi visible decepción en últimos meses les había quitado a ellos la ilusión. Quizá porque no pensaban que seguir sin él era posible, quizá porque no creyeron que mi bravata era en serio y que no sería capaz de dejarlo. No lo sé, pero fue la última decepción, sumada a muchas anteriores.
Al final, el resultado de todo esto es una vida… menos ocupada. Echo de menos los ensayos, el juntarse unos amigos para hacer música, pero no la angustiosa sensación en que se habían convertido nuestros ensayos de convencer a algunos miembros de que se aprendieran unas canciones en las que no creían. En cuanto a lo otro… las amistades on-line, la cosa no ha cambiado esencialmente. Mis relaciones “reales” no han mejorado sustancialmente con el abandono de las “virtuales”, en el plano general… porque hay dos o tres personas a las que me siento más unido desde mi netspantá.
Pero lo terrible ha sido lo del trabajo.
Al empezar el año, además de 126 kg., y más de 100 webamigos y un grupo de rock, tenía dos trabajos, dos. Dos empresas confiaban en mí lo suficientemente como para pagarme un salario sin verme la cara. O sea, teletrabajaba para ellas de forma constante y continua, además de trabajar, episódicamente, para otras dos o tres empresas. Circunstancias ajenas a mí y a mi trabajo, o sea, la crisis, la maldita crisis, hizo que las dos empresas me dieran una bonita patada en el culo para sacarme de su plantilla si pestañear (o pestañeando, no fueron iguales los dos casos). Como quiera que soy autónomo, me quedé, de la noche al día, literalmente con el culo al aire, sin indemnizaciones, liquidaciones ni subsidio alguno.
Desesperado, llamé a cuantas puertas se me ocurrieron pero aunque algunas (unas cuantas, en serio) se abrían y me dejaban ver un empleo futurible, todas acaban cerradas a cal y canto. Menos una. Mi amigo Javier me habló de cierta oportunidad que nada tenía que ver con mi profesión. Y eso es lo que me ha salvado.
Abandonado por mi profesión, soy, desde hace algo más de dos semanas, Expendedor de Gasolinera. Visto de marrón, gris y rojo, doy los buenos días sonriendo, cobro a los clientes, les deseo buen viaje, trato de venderles una tarjeta y aguanto el desprecio de, más o menos, la tercera parte de los clientes que pasan por mi TPV. Algunos me insultan, pero son una testimonial minoría, aunque (como no puedes ni debes contestar) duele como si fueran la mitad. También duele limpiar la caca y los pises de quienes, uno no sabe por qué razón, mean o cagan fuera de la taza. Y es duro, después de una vida de estudios y trabajo honrado, siempre cumpliendo, verse con 46 años de rodillas junto a un retrete o tragando saliva para no darle a un imbécil la patada en los cojones que se merece.
Espero, supongo, que serán unos meses duros, pero confío en mi capacidad para pasar esta travesía y pasar a otro nivel laboral, pero la sensación de que todo ha terminado, en cierto modo, o en cierta vida, no me la puedo quitar de encima. De momento, los nervios me han costado una úlcera y tres días espantosos de estómago intolerante bailongo. A los que seguís siendo mis amigos, reales o virtuales, amigos todos en definitiva, os pido un poco de paciencia conmigo. Saldré de esta situación tan airoso como pueda y sin ser demasiado quejica, espero. Y espero, también, que al final de este trecho umbrío del camino extraño en que a veces se convierte la vida, estéis muchos de vosotros, ojalá que todos, por ahí, generosos y pacientes, sonrientes y me invitéis a una PepsiMax y un bocadillo de salchichas con pimientos y os pueda divertir, contándolo en clave de humor, con mis experiencias como chico gasolinero.
Hasta entonces, por favor, os pido paciencia.
Ea.

5 comentarios:

  1. Huy, me has llamado Alicia, qué sensación más extraña..
    Paciencia la que tienes que tener tú y yo te envío: montones y montones de paciencia.
    De todas formas, no sé si sabes lo indicado que está el shiatsu para los nervios y las úlceras, lo deberías probar, que se me acabaron los congelados hace tiempo.
    Cuando pueda ver lo que adjuntas, vuelvo otra vez.

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  2. Es al contrario. A mis ojos estás dando un ejemplo de la hostia.

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  3. Lo malo de facebook es que te quita comentarios del blog.

    Como ya está dicho allí, aprovecho para mandarte un abrazo fuerte y mucho ánimo.

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  4. De verdad que te admiro por la actitud con la que lo has afrontado, y a tu amigo, que te ha echado una mano cuando lo necesitas. Ya sé (vamos, que lo he aprendido a bofetadas) que la vida no es justa, pero tengo la esperanza de que contigo lo sea y pronto todo quede en una anécdota.
    En momentos como este no sabes la rabia que me dan los blancos y las pajines, oye.
    Muchos besos, y si paso por ahí mientras estés ¿te tendré que dejar el DNI para llenar el depósito? :P
    Muchos besos y cuenta con la pepsimax aunque yo soy de cocacolaforever

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  5. Una cosa que me sienta especialmente mal, es estrujarme los sesos para dejar un comentario "gracioso" o "ingenioso" y que no se registre; el caso es que pensé... no sería tan ingenioso, si lo hubiese sido, lo recordarías.
    Pasarán los malos tiempos, estoy segura, pasarán para todos, y llegarán días de regalo, porque tiene que ser así. Además, ¡qué coño!!, tú vales pa tó!!.
    Un besazo enorme. Te quiero

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